Para comenzar quiero decirle lo poco que me gusta su vestido. Señora, usted no parece más que un parasito convencido de las convenciones sociales. Y no la culpo, escuche.
Siempre me ha dejado estupefacta que su voz no se oiga, y nunca se le moviese ni un pelo ante la discordia. Lo acepto, algunos exageramos en los insultos. Que dulces son los insultos señora. Pero usted no los conoce, no.
Perdón.
Quisiera explicarle, dos puntos, señora; que las cosas no son como la manga las pinta. Un temblor indefinible en las venas sulfura la sangre espesa que me corre. Hasta una frazada ha sentido más calor que usted.
El odio que siento no me amarga, la verdad, acá la frígida no soy yo. Me arde cada vertebra y músculo del cuerpo con un vivido ardid . Y no es que me jacte de mi voluntad, solo me parece un poco que usted no entiende lo que hablo. Si inventara la desgracia más macabra del mundo para su suerte, le aseguro que encontraría consuelo hasta en una esponja con tal de convertir la humillación en un rasgo valeroso. Que yo no le palpo las cuentas a nadie. La diferencia está en que yo cortejo a la vida, y jodo con ella. Un acto de suprema delicia…
Al parecer voy muy rápido. No se espante.
Para seguir, usted no se desteta aún del mundo ¿verdad? Besa y lame su semen como agua vendita; no se espante doña escuche. El tema es que usted, no luce como conviene lucir a una mujer. Del frenesí cremoso y la euforia sensual usted no ha probado nada. Sin luz y por debajo del rostro carajo. Vamos a comenzar de a poco. Cielos como me amarga su vestido mujer, quíteselo ya sino quiere que despotrique como puta, ¿un cigarrillo?
No espere una lección de esto, no me interesa remecer su grandisisima moral. Siempre me ha gustado ser del vulgo sabe, el exceso y los olores nauseabundos, el sudor y el grito de desmadre del sexo mas terco… Pero no se desmorone, le confesaré algo. Al parecer no somos tan distintas ¿sabe? Me despoje de los suspiros que me embaucaban la vida porque ya no podía con ellos. Ellos ganaron lo sabe bien. Aspire su rabia y me hice adicta a la narcótica risa de los necios. Hoy soy su lacra señora, pero más amiga que cualquiera de las putas que alagan su vestido. Partamos hoy las dos con una copa de vino ambiguo, y conversemos con el aliento y hedor a melancolía que nos unirá, tan pronto como rompa el muro. No lo lamente señora, comencemos…
lunes, mayo 18, 2009
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